Quedaron de lado en la cama, aún tomados de la mano, en un silencio que Osorio no se atrevió a romper, pues él ya había dicho todo, había dicho te amo y había hecho la promesa de que se fueran. Entonces, aguardó la respuesta de Ángela como una moneda cuyas caras eran la felicidad y la desgracia. Una moneda que ella dejó suspendida en el aire cuando dijo:
-Hagamos el amor.
Se desvistieron sin dejar de besarse. Osorio le mordisqueó el cuello y el lóbulo de la oreja, la lamió alrededor del ombligo, le acarició las piernas recién depiladas y el triángulo del pubis perfectamente delineado, le agarró las nalgas, la penetró lentamente. Se movieron como si estuvieran bajo el agua y sin dejar de mirarse a los ojos. Los de Ángela tuvieron un temblor cristalino que desbordó en lágrimas. Osorio embistió con firmeza. Ángela se aferró en un abrazo que abarcaba todo el placer, el dolor y el miedo.
La calma siguiente era igual a la que resulta tras un temblor de tierra. De ese mismo material estaba hecha la voz de ella cuando dijo: “Yo vine hoy a decirte adiós, pero no pude. No puedo. Me duele hacerle esto a Jorge Abel porque es un hombre bueno. Pero qué carajo: te amo. Me voy contigo”.
Osorio sintió que por fin había caído la moneda de su destino. Se abrazó a Ángela y esta vez no pudo reprimir las lágrimas.
Recursos humanos, Antonio García Ángel
